En la mision que me he impuesto de conocer y hacer que las personas conozcamos mas la Madre de Dios me he encontrado con un texto que narra la vida de la Virgen María escrito por Joaquín Casañ y Alegre, tomado de la pagina http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=2058&portal=0.
«De la raíz de Jessé brotó el Rey David y de la raza de David brota la Virgen Santa, sí, y por excelencia Santa, hija también de varones Santos. Fueron sus padres Joaquín y Ana, los cuales supieron durante su vida agradar a Dios, y lo que aún es más, dieron por fruto sazonado y fruto de bendición a la Santa Virgen María, templo y a la vez Madre de Dios».
Bellísimas y conmovedoras frases de San Epifanio, que toma la Iglesia para sus rezos en el segundo nocturno de la fiesta del Santo padre de María. Pero si hermosas son estas frases, más enérgicas y terminantes en su belleza son las con que continúa el Santo al poner en mística relación esta santa familia con la Trinidad Santísima:
«Pues bien, Joaquín, Ana y María ofrecían los tres a la Trinidad, paladinamente, sacrificios en alabanza, pues el nombre de Joaquín se interpreta como preparación del Señor, y en efecto, por medio de él se preparó el Templo de Dios, que es la Virgen. A la vez el nombre de Ana equivale asimismo al de gracia, puesto que Joaquín y Ana recibieron la gracia de que por medio de sus oraciones germinase en ellos tal fruto, logrando tener por hija a la Santa Virgen, pues mientras Joaquín oraba en la soledad del monte, la bendita Ana pedía a Dios recogida en su huertecito».
Tales son los datos que el Santo escritor nos suministra como tradición cristiana viva y existente entre aquellos habitantes y siglos.
Pero este matrimonio, encanto de sus convecinos por el ambiente y perfume de sus virtudes, no era feliz por completo, como hemos dicho, en medio de su conformidad y resignación con los decretos del Señor. Ana había sido estéril y la infecundidad era mal vista entre los hebreos y más de una vez había Ana sufrido con resignación los ultrajes de las demás mujeres, que la tachaban de infecunda, como castigo del Señor que no consentía en ella la perpetuación de la raza. Ana sufría triste y resignada aquellos insultos, y llorando, en medio de su conformidad, pedía al Señor que la libertase de aquel oprobio, si tal era su voluntad y creía justa la petición. ¡Que un rayo de juventud alegrara la vejez de ambos, concediéndoles un vástago que perpetuase su familia y trasmitiera su amor al Dios de Jehová que le comunicarían con sus oraciones! Tantas virtudes y conformidad con la voluntad de Dios debían tener el premio de su fe y amor a su Dios, y después de veinte años de esterilidad su recompensa en la plegaria.
Y el Señor, oyendo las oraciones de la virtuosa Ana, en cuya casa reinaba la soledad de la familia sin más calor que el amor de ambos esposos, mandó sus angélicos emisarios a Joaquín y Ana anunciándoles separadamente que serían padres; he aquí cómo cuenta la Venerable María de Jesús de Ágreda esta profética visión:
«Pero el Altísimo, que por medio de esta humillación (la esterilidad) los quiso afligir y disponer para la gracia que les prevenía, les dio tolerancia y conformidad para que sembrasen con lágrimas y oraciones el dichoso fruto que habían de coger. Hicieron grandes peticiones de lo profundo de su corazón, teniendo para esto especial mandato de lo alto; y ofrecieron al Señor con voto expreso, que si les daba hijos, consagrarían a su servicio en el templo el fruto que recibiesen de bendición. Y al hacer este ofrecimiento fue por especial impulso del Espíritu Santo, que ordenaba, como antes de tener ser la que había de ser morada de su Unigénito Hijo, fuese ofrecida y como entregada por sus padres al mismo Señor.
»Ordenó el Altísimo que la embajada de la concepción de su Madre Santísima fuese en algo semejante a la que después se había de hacer de su inefable Encarnación. Porque Santa Ana estaba meditando con humilde fervor en la que había de ser madre de la Madre del Verbo encarnado; y la Virgen Santísima hacía los mismos actos y propósitos para la que había de ser Madre de Dios. Y fue uno mismo el Ángel de las dos embajadas, y en forma humana, aunque con más hermosura y misteriosa apariencia, se le mostró a la Virgen María».
No menos elocuente y de hermosa manera nos relata la celeste embajada del Altísimo a los esposos, padres que habían de ser de María y cuya anunciación revistió caracteres semejantes a la visita del Arcángel a la Pura Virgen en el momento de la Encarnación del Verbo, y véase cómo nos la relata el Padre Rivadeneyra en la Vida de la gloriosa Virgen María:
«Perseverando en esta oración, un Ángel apareció a Joaquín que estaba en la majada de sus pastores, y le dijo que Dios había oído sus ruegos, y que tendría una hija que se llamarla María, y sería madre del Salvador del mundo. La misma revelación tuvo Santa Ana en un huerto en donde vivía apartada. Comunicáronlo entre sí, y hallaron que convenía muy bien lo que el Ángel había dicho al uno con lo que había dicho al otro. Dieron muchas gracias al Señor por aquella tan señalada merced, y Ana concibió a la Virgen Sacratísima a los ocho días de diciembre, en que la Santa Iglesia celebra la fiesta de su Concepción. Fue concebida sin pecado original, previniéndola Dios con tanta abundancia de gracia cuanta era razón que tuviese la que era predestinada para madre suya y quebrantadora de la cabeza de la serpiente infernal».
Doctrina y tradición que confirman San Juan Damasceno, San Eusebio y San Ildefonso con los Padres de la Iglesia en este hermoso relato de la pura Concepción de María, de la que había de ser la Madre inmaculada del Cordero, del Unigénito del Padre, del Jesús esperado, del Salvador del mundo.
Nueve meses eran cumplidos cuando en el día ocho de septiembre, el Tsiri de los judíos, o sea el primer mes de su año civil, en tanto que el humo de los sacrificios subía al cielo por la expiación de los pecados del pueblo, nace en Jerusalem una hermosa niña, la benditísima María en la casa de que luego hablaremos y describiremos, y que los padres de María tenían en la ciudad santa, cercana a la Piscina Probática y no lejos de una calle, en que el dolor y la horrible tortura del hijo de Dios había de hacer eterna con el nombre de la Vía dolorosa.
Allí, según la tradición oriental, nació la que había sido concebida pura y sin mancha original, la escogida del Padre, el arca santa que había de encerrar por nueve meses al Verbo humanado, el Unigénito, al Redentor del mundo.
Día feliz; día en que el sol vio una luz más esplendente que la suya resplandecer pura en aquella inmaculada criatura, cuyo trono había de ser el sol y la alfombra en que posaran sus pies el estrellado manto del firmamento.
Como presagio del nacimiento del hijo de aquella pura criatura, los criados de Joaquín y Ana entonaron cánticos de alegría, ¡cánticos de alegría que no eran sólo los de la familia, sino los de la humanidad entera que se regocijaba con la venida de la que luego había de ser la del mundo: la fuente de amor y de bienandanza para los hijos de la predicación del Emmanuel prometido!.
La alegría reinaba en la casa de los santos esposos con aquel puro don del cielo, de aquella pura estrella y señora del mundo, que había de ser la bendita entre los ángeles y la adorada Virgen salvadora entre los mortales. Transcurridos nueve días diósele, según costumbre del pueblo de Israel, el nombre que había de llevar, llamándola María (Míriam) que significa Señora en siriaco y Estrella del mar en hebreo; nombre bendito en ambas traducciones; fuente de luz, Señora del mundo, estrella que nos alumbra en la procelosa noche del pecado.
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