Tomado de alenarte revista
La imagen de la Virgen María. I. Oriente. Por: Virginia Seguí
Niceforo indica en sus textos que la Virgen: “era de talla media, con un rostro alargado, cabellos rubios, dedos finos”, descripción que repite San Anselmo de Canterbury. La opinión de San Agustín, mucho más coherente, pone de manifiesto y hace hincapié en algo que queda patente tras la visualización de las imágenes, sus grandes diferencias y, por tanto, la imposibilidad de dar como verdadera a ninguna de ellas.
La figura de la Virgen tuvo pronto, dentro del mundo cristiano, gran aceptación y el interés por representar a la madre del Salvador fue temprano; tanto los fieles como las altas jerarquías de la Iglesia desearon encontrar algún resto o huella dejado durante su existencia terrenal y/o alguna imagen de ella de autoría no humana; ya que este tipo de imágenes denominadas: aquiropoetas o aquerópitas, eran consideradas importantes para el mantenimiento y propagación de la fe. Conocer y representar la imagen de María se convirtió en una aspiración ya desde los primeros tiempos del cristianismo; como demuestra el hecho de que los primeros ejemplos daten ya de esa primera época.
En Oriente las principales ciudades como Antioquia y Alejandría, fueron evangelizadas por los propios apóstoles, constituyéndose en centros desde los que se propagaba la fe cristiana; según la tradición San Lucas era natural Antioquia; San Pablo y San Bernabé la utilizaron como base para sus misiones. Constantinopla, fundada en el 324 por el emperador Constantino el Grade, fue creciendo en importancia hasta conseguir convertirse en la capital y la ciudad más preeminente del mundo bizantino; a ella le cupo la honra de poseer y conservar el mayor número de este tipo de imágenes, aunque no exclusivamente; pues por ejemplo en Lida, pequeña ciudad de Palestina, se conservaba una columna en la que, al parecer, había quedado grabado el rostro de la Virgen; cuando ésta, en algún momento de su vida, visitó la ciudad y se apoyó en ella, dejando su imagen impresa de forma indeleble, que había conseguido permanecer visible, incluso tras los intentos de destruirla llevados a cabo por Juliano el Apóstata; este tipo de imágenes era considerada por los creyentes como milagrosas. Pero la fe se extendió por todo el orbe y adquiriendo gran importancia también Roma, capital del Imperio de Occidente.
Entre este tipo de imágenes destacan, las atribuidas a San Lucas evangelista; quien, por ello, pronto pasó a ser considerado el patrón de las corporaciones y gremios de pintores. En el año 438 la emperatriz Eudoxia envió, desde Jerusalén, a su cuñada Pulqueria uno de estos iconos o retratos de la Virgen y ésta, al parecer, lo depositó en la iglesia que se había hecho construir dentro de su palacio real.
Teodoro Anagnostes, de principios del siglo VI, cuya obra conocemos gracias a los extractos dictados por Niceforo Calisto Jantópulos en el siglo XIV, es uno de los primeros historiadores que da cuenta de hechos como éste; en algunas iglesias romanas existen otros ejemplos, como la pintura en madera conservada en Santa María de Aracoeli; considerada tradicionalmente como la primera imagen de este tipo que había llegado hasta nuestros días. Aunque actualmente los medios técnicos han permitido determinar que la imagen fue realizada en el siglo XI, por lo que la autoría de San Lucas es totalmente impensable, ya que su vida trascurrió diez siglos antes.
Por otro lado y centrándonos ya en las imágenes realizadas por los hombres, es lógico pensar que los creadores de la imagen gráfica de la Virgen utilizarían las fuentes que estaban a su alcance para que su representación fuera lo más ajustada posible a la realidad. Por un lado debemos considerar las propias de su formación artística, inmersa, sin duda, en las culturas dominantes de la época, la romana ya decadente, el mundo helenístico oriental y la judía propia de la zona donde nació este primer cristianismo. La falta de ejemplos anteriores de similar factura exigieron una integración y adecuación de las realidades existentes y conocidas por el artista, por ello la Virgen pronto será representada con magnificencia imperial y las representaciones imperiales a medida que el cristianismo gane adeptos y poder dentro del Imperio irán incorporando a su cuerpo iconográfico símbolos cristianos en un imparable proceso de simbiosis.
El conocimiento de la Virgen provenía también de los textos en los que se hablaba de la figura de la Virgen, y al no provenir, estas narraciones, de autores contemporáneos, debemos suponer que el autor para describirla utilizaría todos sus recursos, es decir de toda su capacidad creativa tamizada por su propia subjetividad e influenciada, sin duda, por sus intenciones, en las que incluimos la adecuación a los gustos y exigencias del autor del encargo, así como de sus propias creencias; siendo posible, por ello, que, ante la falta de fuentes fiables que describieran la verdadera imagen de la Virgen, se basaran en las escasas imágenes o representaciones existentes y conocidas por ellos; iconos realizados por artistas que nunca vieron el verdadero rostro de María. Niceforo indica en sus textos que: era de talla media, con un rostro alargado, cabellos rubios, dedos finos, descripción que repite San Anselmo de Canterbury. La opinión de San Agustín, mucho más coherente, pone de manifiesto y hace hincapié en algo que queda patente tras la visualización de las imágenes, sus grandes diferencias y, por tanto, la imposibilidad de dar como verdadera a ninguna de ellas.
Ello nos lleva, como afirma Reau en sus estudios sobre el tema, a que la iconografía de la Virgen es absolutamente convencional y que así como los teólogos habían insistido en la fealdad de Cristo, jamás pusieron en duda la belleza corporal (Pulchritudo corporalis) de la Virgen, a la que pronto idealizaron siguiendo las palabras que el Seudo Salomón dirige a la Sulamita en el Cantar de los Cantares: Tota pulcra es et macula non est in te; en consonancia también con la opinión que Alberto Magno expone en su Mariale en la que asegura que: la Virgen era la más bella de todas la hijas de los hombres.
Encontramos, como ya hemos mencionado, imágenes de la Virgen ya en el primer arte cristiano o Paleocristiano; aunque las representaciones conservadas, en ocasiones, son de difícil datación e inicialmente pueden no ser consideradas demasiado claras; siendo posibles dobles interpretaciones; al igual que sucede con la imagen de Cristo.
Entre estos primeros ejemplos tenemos las mujeres con los brazos levantados en actitud orante o suplicante; que, en ocasiones, han sido calificados como Vírgenes orantes, aunque muy bien podrían considerarse como almas en oración, relacionadas también con La Piedad.
Otro ejemplo de cierta ambigüedad serían las imágenes de mujeres sedentes con un niño sobre sus rodillas; ya que, en este caso, además de a la Virgen bien pudiera tratarse de la representación de mujeres creyentes con su hijo; aunque deberían ser mujeres de cierta categoría, ya proviniera ésta de su posición social o de su actividad como propagadoras de la fe; pues si no su representación no estaría justificada en los entornos en los que se encuentran.
encontramos todo un corpus iconográfico de representaciones de la Virgen, que fijarán una estricta tipología convencional que se repetirá y/o evolucionará con el paso del tiempo adaptándose a las diferentes culturas y sensibilidades.








